Un domingo

 

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Es domingo, temprano, y me dirijo a comprar el pan. A la salida de la urbanización, me cruzo con tres jóvenes, parece como si volviesen de fiesta. Uno de ellos habla demasiado alto y parece que hubiera bebido.

No le doy más importancia, pienso que vuelven de fiesta, pero puede ser también mi apreciación desfigurada ya por la edad y los tópicos.

En la puerta del centro comercial donde me he dirigido, me sorprende encontrarme con una persona a la que admiro por lo que escribe y al que considero el mejor filósofo con el que cuenta en este momento nuestro país.

Le abordo como una quinceañera que se dirige a su cantante favorito y me identifico después de volverle loco con mi exclamación ¡No me lo puedo creer! ¡No vas a creer quien soy! El con una amabilidad poco usual, pues hoy en día si alguien nos aborda así es muy probable que salgamos corriendo pensado, “esta mujer está loca”, me sonríe, se para y dice, “no, no te reconozco y menos debajo de ese sombrero”.

Me lo quito para que pueda verme y le digo: “ni me reconocerás porque no me conoces, pero en teoría, yo te escribo y tu me contestas. Soy Flor, la madre de Helena.

Este es uno de los muchos encuentros que podrían pasar por coincidencias o casualidades, pero que yo quiero pensar que son propiciados por Helena.
Sí, Helena, mi hija.

Desde que murió, ella va haciendo que mi vida esté llena de encuentro, casualidades, coincidencias, llamadlos como queráis, pero son contactos con personas importantes, por su ética, integridad, profesionalidad o altruismo, que jamás hubiera pensado coincidir con ellos.

Esta fue la parte bonita de esa primera salida de domingo. A continuación, después de salir del centro comercial, me encuentro nuevamente con lo que me preocupa desde hace más de 2 años, los jóvenes y en especial esos jóvenes que malgastan su vida y ponen en peligro la de otros.

Comenzaba al principio por contar cómo me había cruzado con unos jóvenes con apariencia de volver de juerga. Bueno, pues estos mismos jóvenes estaban tirados literalmente, en el suelo y cuando casi llegaba a su altura, se introducían en un coche y emprendía su marcha.

Cual sería mi sorpresa cuando compruebo que ponen el coche en marcha, con una rueda completamente en el suelo, no era posible que no se hubieran dado cuenta de tal situación, porque el coche apenas si podía ponerse en movimiento y el ruido que hacia la llanta de la rueda sobre el suelo era importante.

Se me escapa mi frase favorita, últimamente, ¡Díos mío, qué hacen?

Casi intento correr para advertirles pero otro peatón cercano a mí, me saca de mi actitud inocente y me dice, no, si llevan toda la mañana por aquí dando que pensar, además son muy jóvenes.

El coche sigue su marcha a duras penas y yo de repente siento que debo llamar a la policia. ¿Y sin realmente están bebido? ¿Y si producen un accidente con ese coche en ese estado? ¿Y si llamo a la policía y no tiene carnet o verdaderamente van pasados de alcohol?

Sigo caminando y pensando. De repente me sale la vena de “Madre sin hijos”, quizás alguna madre me lo agradezca y si no es así, prefiero equivocarme a arrepentirme de algo que no hice.

Lamo al 112. Señorita, es un coche azul … A los pocos minutos me llama la policía del lugar. Confirman nuevamente lo que he contado a la operadora y me dan las gracias.
No supe más de aquellos jóvenes.

Sólo sé que, el que parecía bebido, era el que conducía y que si alguien, otro domingo, hace dos años y tres meses, no le hubiera permitido conducir a otro joven, al verlo salir en el estado que iba, hoy, casi seguro, mi hija estaría viva.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena, muerta por la acción de un conductor con alcohol.

www.quieroconducirquierovivir.com

Acerca de Flor Zapata Ruiz

Ahora soy una madre sin hijos. Mi única hija murió por un conductor con alcohol en abril de 2005. Desde entonces escribo para concienciar, especialmente a los jóvenes, sobre los peligros de una conducción no responsable.
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