Memorias de un radar. Cuento sobre los accidentes de tráfico

Hoy traigo hasta aquí un cuento escrito por Andrés Lomeña, compañero de Helena en su etapa de Erasmus en la Haya.

Me ha hecho mucha ilusión que después de 3 años de la pérdida de Helena, me sigan llegando testimonios de personas que la conocieron, aún en una etapa tan corta de su vida.

Creo que es una buena reflexión esta que él ha definido como un cuento sobre los accidentes de tráfico.

 Gracias, Andrés.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

 

MEMORIAS DE UN RADAR

             En el principio estábamos aquí para ayudaros. La situación ha cambiado mucho desde entonces. Mi trabajo consiste en determinar la velocidad y la localización de los automóviles. Cuando alguien excede el límite de velocidad, una cámara fotográfica registra la infracción. Se le multa y pierde puntos en el carné de conducir. Los ayuntamientos recaudan grandes cantidades de dinero porque numerosas personas cometen faltas. Es de primero de derecho que toda ley demasiado vulnerada es una mala ley. Aun con todo, las multas crecen. Y la recaudación. Mientras tanto, las carreteras dejan más muertos que algunas guerras.

 

            El amor a la estadística representa vuestro mayor autodesprecio. Los fallecidos en carretera son tratados como meras cifras: números, números y más números. La tiranía del 2×2 = 4. Muertos y más muertos, poquito a poco, como la gota malaya. Este año habrá dos víctimas menos que el anterior, como si eso fuera un consuelo. Todo cuanto queda es una esquela: “El alcohol que otro bebió mató a Helena el 17 de abril de 2005 en un mal llamado accidente de tráfico”. Helena no era un número y pertenecía a vuestro bando.

 

            La lista de ciclistas que habéis matado con el simple retrovisor de un camión es interminable. El motor manda, a pesar de que aquellos deportistas también eran de vuestro bando. La justicia punitiva se endurece incansablemente mientras se permite la existencia de pasos a nivel sin barreras. El último drama sucedió esta mañana: un motorista degollado por el quitamiedo de la carretera. Sí, ajusticiado por guardarraíles que están prohibidos.

 

            Hace dos días un coche volcaba a ciento cincuenta kilómetros por hora. Los testigos se preguntaban por qué el vehículo se salió de la calzada, nunca por qué los automóviles carecen de limitadores de velocidad. El conductor se salvó gracias al airbag, no así su esposa. Los peritos tasadores evaluaron los daños materiales. Y no les culpo, como no culpo a los cuervos por comer carroña.

 

            En esta lucha entre especies, los humanos habéis perdido la batalla contra los coches. Vayan al aparcamiento de un centro comercial y díganme si el recinto está adaptado para ustedes o para los enjambres metálicos que creen conducir. Estudien las grandes ciudades y sacarán las mismas conclusiones. No se peatonaliza para aumentar el espacio humano, sino para frenar el de las máquinas. Tenéis progreso a costa de una conmoción social que se os escapa de las manos.

 

            Díganme cuántas marcas de coche conocéis. Después contad las especies de árboles que podéis identificar. El resultado revela una huida permanente de la naturaleza. Vuestra nueva morada es la tecnología. Asumidlo entonces: somos vuestros amos, lo cual os convierte en siervos. Habéis entregado la vida a mis hermanos: relojes para controlar el tiempo, cámaras para vigilar las acciones. Máquinas para gobernaros a todos.

 

            No nos culpéis porque cedisteis el poder muy gustosos. En realidad nuestro dominio es tan aplastante que he decidido daros alguna ventaja. Voy a fallar adrede en mis funciones. Me equivocaré deliberadamente una y otra vez. A partir de ese instante tendréis dos opciones: arreglar mi sistema defectuoso o asumir que hay un problema más humano que técnico. Os toca mover ficha.

 

            Podéis aplacar esta guerra, aunque os excita demasiado el vértigo de la aceleración. Demostrad que me equivoco. Demostrad, en honor a la verdad, que el ser humano no es a la velocidad lo que la polilla a la llama.

10 de mayo de 2008

Andrés Lomeña Cantos

 

 

 

 

 

 

 

Acerca de Flor Zapata Ruiz

Ahora soy una madre sin hijos. Mi única hija murió por un conductor con alcohol en abril de 2005. Desde entonces escribo para concienciar, especialmente a los jóvenes, sobre los peligros de una conducción no responsable.
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