Comienza el baile

Ya ha comenzado “el baile de muerte” de los jóvenes, en estas vacaciones. La pasada madrugada del día 27, tres jóvenes de 14, 18 y 20 años, se quedaban en Comillas, en el kilómetro 22,800 de la C-131. Y ya tenemos, una vez más, los periódicos llenos de iniciales:  M.A.O de 20 años, conductor y residente en Comilla;  E.D.N.M, vecino de Cobreces de 18 años, y C.T.P., de 14 años y residente en Madrid. Una cuarta persona, L.E.R. de 17 años y también vecina de Madrid, ha resultado herida grave. Las otras dos personas del coche contrario también están heridas.

 

Según la información aparecida en los periódicos, fue una colisión frontolateral y, siempre según los periódicos, los jóvenes procedían de la zona de ambiente de Comillas, se desplazaban hacía Oyambre y con intención de volver enseguida. La causa podría haber sido el exceso de velocidad.

 

A mí me gusta decir, siempre “El exceso de Juventud”. Pero en estos casos, desgraciadamente, eso no se cura con el paso de los años, porque ya no tendrán años para curarse.

 

Los jóvenes se matan todo el año, pero en época de verano, con más facilidad.

 

Los padres pensamos que se van al pueblo o a la ciudad habitual  de veraneo y están mas controlados. En el pueblo les conocen, creemos que sabemos dónde están, no hay distancias, no hay peligros. ¡Qué ingenuos!

 

Es el momento para desplazarse de un pueblo a otro. En un segundo. Total son 3 kilómetros. No pasa nada.

 

Y los jóvenes son los que menos esperan que les pase algo. Y siguen empeñados en trasladarse  de un sitio para otro, siempre motorizados: motos, ciclomotores, coches. Y siguen pensando que controlan: la velocidad, el alcohol. Y siguen empeñados en bailar con la más fea: ¡La muerte!

 

No hace mucho encontraba esta carta en mi sección favorita. Las cartas al director:

 

Atrapados en azul

Soy un joven de 19 años de edad que el pasado sábado 13 de junio se encontraba en las fiestas populares de un pueblo de la comunidad de Madrid, Villalba, celebrando el cumpleaños de uno de los compañeros de la Universidad. Para ponernos en situación, yo era la única persona que en ese momento tenía coche, ya que lo necesitaba para volver a casa. Me había tomado una cerveza muy al comienzo de la noche (he de decir que no bebo alcohol más allá de la cerveza).
Ya eran las cuatro de la madrugada cuando nos disponíamos a ir a la conocida “carpa” del pueblo. No puedo negar que me apetecía tomar otra cervecita con los amigos, pero antes de nada, me dispuse a preguntar junto a otro de mis compañeros, en primer lugar a un Guardia Civil y más tarde a un Policía Local (sí, ambas con mayúsculas como debe ser) si cabía la posibilidad de que me hicieran un control de alcoholemia antes de coger el coche para evitar posteriores incidencias. Se puede deducir que no se trataba de un caso en el que yo me sintiese con capacidades limitadas tales como para no poder conducir. Pero bien, en ambos casos fue tal la chulería que les caracteriza que su respuesta fueron en un caso “nosotros no te vamos a dar el chupete antes de que te montes en el coche” y en otro “para prevenir estás tú”. Y no se puede negar que para prevenir estamos cada uno de nosotros pero sin duda son “ellos” los que tienen la potestad de cuándo hacer un control y cuando no, me indigna que tenga que esperar a que coja el coche para ponérmela multa (obviando el caso en que tuviese un accidente).
Todo esto hace plantearme una vez más que da igual de qué color sean las marionetas, ya sean verdes o azules (o en un pasado no tan lejano grises), siempre responden a unos determinados intereses. “Y es que vivimos atrapados en azul, ¿ellos me protegen de ti, de ellos quién me va a proteger?”

Asier Delgado Suárez, Serracines (Madrid)

 

¡Ay, Asier! Sólo tú puedes protegerte de ti mismo. Porque las autoridades, aunque lo intenten, con controles de alcoholemia, con radares, quitando puntos, sancionando, no lo conseguirán. Sólo tú tienes el poder de “no tomar  la última copa”; sólo tú tienes el poder de levantar el pie del acelerador. Tú y todos los que llevamos un coche.

 

Y todos dependemos del contrario. Porque todos estamos en la carretera. Todos somos  víctimas y todos estamos implicados. Y yo no me canso de gritar.

 

Mi pesar y mi dolor para esos nuevos padres que llegan a este camino de dolor: “Vuestro dolor es también el mío, porque, antes, ya fui yo.

 

(Helena en la playa de Comillas. Con ella sí que merecía la pena bailar)

(Helena en la playa de Comillas. Con ella sí que merecía la pena bailar)

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